Si agosto fue inagotable, hay meses que simplemente se esfuman. Como octubre.
Todo empieza por una piñata roja que compramos cubierta de polvo en una tienda de un pueblo perdido entre pirámides mesoamericanas.
"Ándale, ¿cuánto es lo menos?", pregunta mi acompañante español con un intento de acento mexicano a la tendera despeinada. Ella contesta con una risa tímida "son dos pesos y medio". "Ayyy... pero ¿cuánto es lo menos con ganas de vender?", insiste.
Con una mezcla infinita de felicidad y vergüenza, me di cuenta entonces de que el viaje había valido la pena.
El recuerdo te lleva a esos momentos únicos y, con la cuenta atrás ya en marcha, llega la nostalgia de un año demasiado inabarcable. Da un poco de miedo el precipicio del "y después qué", pero reconozco que no tengo derecho a quejarme de nada.
En un mes, he comprado piñatas en un pueblo perdido de México después de haber visto uno de los atardeceres más ricos en comida, compañía y vistas de mi vida. Me he perdido por Nueva York gustosamente entre chinos que nos prohibían hacerles fotografías y modernos en lo alto de un parque soleado. He pasado horas mirando Manhattan desde el banco más abandonado de turistas del mundo. Y por Washington, me he paseado tropezándome con Aznar mientras comíamos una hamburguesa, he visto más fantasmas en un tour de lugares encantados, Obama bajó de su helicóptero mientras mirábamos caer el sol desde el hotel W y me he escapado a un bosque de hojas secas llamado Shenandoah, que significa hija de los cielos.
Para rematar un mes redondo, he podido reencontrarme con amigos que pensaba no volver a ver en medio de un Halloween loco en el que conseguí atisbar a Jon Stewart y Stephen Colbert, mis ídolos de la sátira política estadounidense.
Sólo quería hacer recuento para no olvidar lo irrepetible. Porque el tiempo pasa y todo se va, incluso mis queridos octubres.
"Be careful what you pretend to be because you are what you pretend to be." Kurt Vonnegut
miércoles, 27 de octubre de 2010
martes, 26 de octubre de 2010
Platón, escribir y periodismo
No me gusta escribir entradas sobre periodismo porque sé que inevitablemente, debido a cuánto me gusta y a cuánto me importa, se convertirán en pajas mentales inaguantables. Pero hoy me he encontrado con dos periodistas hablando por teléfono en el New York Times que me han hecho pensar y no por lo que decían, que también es interesante. Básicamente, mi descubrimiento, que se puede encontrar en la sección de opinión Bloggingheads desde hace tiempo, son dos expertos que discuten mientras se graban con una webcam sobre un tema de actualidad o de interés.
La idea de este formato surge de Robert Wright, un periodista que creó hace unos cinco años una web con ese mismo nombre para que científicos divulgaran en un diálogo sosegado y sin los corsés de la entrevista o la edición audiovisual el conocimiento al modo socrático.
Al verlo me acordé de nuestras míticas clases de géneros periodísticos en la Universidad de Valencia y pensé "olé, ya han creado un nuevo género de opinión para estudiar en facultades de periodismo".
Y al reflexionarlo me fascinó pensar que la tecnología pudiera revivir y potenciar un clásico como Platón y sus diálogos socráticos; ya sabéis, sus teorías a través de dos hablantes y el arte de la dialéctica. No es exactamente lo mismo, pero se acerca.
Hay otras muchas aplicaciones experimentales y consolidadas de lo digital que se ven en periodismo en EEUU. Me extendería hasta escribir una tesis doctoral, pero os lo resumiré en un par de tendencias (nuevos géneros y abaratamiento de costes) para ver las ventajas y también los peligros de estas nuevas formas.
Primero, los "slideshows", galerías de fotos con sonido, a caballo entre lo audiovisual y lo radiofónico. Por una parte, fotografías preciosas se reciclan y toman nuevas categorías informativas, lo cual es una alegría creativa y un buena gestión de recursos. No podéis imaginar cuántas buenas instantáneas tira a la basura un buen fotógrafo porque no caben en el papel o en una portada digital. Por otra parte, voces reviven y sonidos se intercalan mientras imagen, rótulos o incluso gráficas apoyan la pieza.
Si se sabe cómo construir y utilizar esos recursos, algunos de ellos, también en el New York Times, pueden convertirse en poesía periodística. (Uy, ya se me coló. A eso me refería con mi onanismo periodístico).
El otro ejemplo se refiere a cómo el quehacer periodístico se abarata y corrompe (a veces sin intención) con la tecnología.
En este país, cada vez más ruedas de prensa son telefónicas o por Internet, lo cual significa que el periodista ni ve la cara de los que hablan. En muchas ocasiones, el periodista se queda viendo CNN. Por tanto, se pierden testigos de los hechos. Discursos políticos y conferencias se transcriben y se cuelgan en la red. Consecuentemente, más medios ahorran gastos y se dedican a leerlos desde su ordenador, mientras que los que tienen más recursos envían a sus periodistas que hacen las preguntas. Y como es obvio, el teléfono es el medio preferido en el 80 por ciento de las entrevistas de un día cotidiano y el correo electrónico es el medio más usado para excusarse con cortesía de cualquier hecho. Esto facilita tanto como acomoda (o aburre) al profesional.
Y en definitiva el acceso tecnificado, global y más amplio a la información y los hechos quita de la escena física al periodista. No os digo nada nuevo, lo sé. Pero, por si no lo os imaginabais ya, en parte, eso es lo que hago yo en una corresponsalía en Washington.
Pero entre lo peor y lo mejor, me quedo con lo esencial. Hace unos años, después de media hora hablando sobre el periodista multimedia del futuro, un periodista de la BBC, convertido entonces en asesor de medios, me dijo algo que se me repite bastante. Como estudiante ingenua, le pregunté qué buscaba un medio como el ente público británico, tan innovador y tecnológico, cuando iba a contratar a un periodista.
Y me contestó sin dudar un segundo: que escriba bien.
Curiosamente, cuando empecé a interesarme por periodismo a los 17 años en un curso de periodistas en Alicante, Antonio Rubio, un periodista de El Mundo que destapó asuntos de los GAL, ETA y demás cosas, me dijo justamente lo contrario. Escribir bien no es lo esencial para ser un buen periodista.
Ninguno de los dos está aquí para profundizar en el tema, pero siempre entendí que para el de la BBC, escribir bien significaba no sólo expresarse bien, sino pensar bien. Para el de El Mundo, lo fundamental era llegar a la verdad y destapar casos, revelar lo inaccesible. Lo de escribir podía hacerse más o menos bien, y bastaba.
¿Y qué pienso yo después de no concluir en nada y escribir una decena de párrafos?
Que si pudiera, reuniría ahora a los dos en uno de esos "bloggingheads". Pero para eso ya estaba Platón y ahora el New York Times. Y yo me voy a dormir, que pensar tanto sólo consigue quitarme horas de sueño y agudizar los síntomas de hígado perforado por los litros de café que ingiero al día siguiente. Bona nit.
La idea de este formato surge de Robert Wright, un periodista que creó hace unos cinco años una web con ese mismo nombre para que científicos divulgaran en un diálogo sosegado y sin los corsés de la entrevista o la edición audiovisual el conocimiento al modo socrático.
Al verlo me acordé de nuestras míticas clases de géneros periodísticos en la Universidad de Valencia y pensé "olé, ya han creado un nuevo género de opinión para estudiar en facultades de periodismo".
Y al reflexionarlo me fascinó pensar que la tecnología pudiera revivir y potenciar un clásico como Platón y sus diálogos socráticos; ya sabéis, sus teorías a través de dos hablantes y el arte de la dialéctica. No es exactamente lo mismo, pero se acerca.
Hay otras muchas aplicaciones experimentales y consolidadas de lo digital que se ven en periodismo en EEUU. Me extendería hasta escribir una tesis doctoral, pero os lo resumiré en un par de tendencias (nuevos géneros y abaratamiento de costes) para ver las ventajas y también los peligros de estas nuevas formas.
Primero, los "slideshows", galerías de fotos con sonido, a caballo entre lo audiovisual y lo radiofónico. Por una parte, fotografías preciosas se reciclan y toman nuevas categorías informativas, lo cual es una alegría creativa y un buena gestión de recursos. No podéis imaginar cuántas buenas instantáneas tira a la basura un buen fotógrafo porque no caben en el papel o en una portada digital. Por otra parte, voces reviven y sonidos se intercalan mientras imagen, rótulos o incluso gráficas apoyan la pieza.
Si se sabe cómo construir y utilizar esos recursos, algunos de ellos, también en el New York Times, pueden convertirse en poesía periodística. (Uy, ya se me coló. A eso me refería con mi onanismo periodístico).
El otro ejemplo se refiere a cómo el quehacer periodístico se abarata y corrompe (a veces sin intención) con la tecnología.
En este país, cada vez más ruedas de prensa son telefónicas o por Internet, lo cual significa que el periodista ni ve la cara de los que hablan. En muchas ocasiones, el periodista se queda viendo CNN. Por tanto, se pierden testigos de los hechos. Discursos políticos y conferencias se transcriben y se cuelgan en la red. Consecuentemente, más medios ahorran gastos y se dedican a leerlos desde su ordenador, mientras que los que tienen más recursos envían a sus periodistas que hacen las preguntas. Y como es obvio, el teléfono es el medio preferido en el 80 por ciento de las entrevistas de un día cotidiano y el correo electrónico es el medio más usado para excusarse con cortesía de cualquier hecho. Esto facilita tanto como acomoda (o aburre) al profesional.
Y en definitiva el acceso tecnificado, global y más amplio a la información y los hechos quita de la escena física al periodista. No os digo nada nuevo, lo sé. Pero, por si no lo os imaginabais ya, en parte, eso es lo que hago yo en una corresponsalía en Washington.
Pero entre lo peor y lo mejor, me quedo con lo esencial. Hace unos años, después de media hora hablando sobre el periodista multimedia del futuro, un periodista de la BBC, convertido entonces en asesor de medios, me dijo algo que se me repite bastante. Como estudiante ingenua, le pregunté qué buscaba un medio como el ente público británico, tan innovador y tecnológico, cuando iba a contratar a un periodista.
Y me contestó sin dudar un segundo: que escriba bien.
Curiosamente, cuando empecé a interesarme por periodismo a los 17 años en un curso de periodistas en Alicante, Antonio Rubio, un periodista de El Mundo que destapó asuntos de los GAL, ETA y demás cosas, me dijo justamente lo contrario. Escribir bien no es lo esencial para ser un buen periodista.
Ninguno de los dos está aquí para profundizar en el tema, pero siempre entendí que para el de la BBC, escribir bien significaba no sólo expresarse bien, sino pensar bien. Para el de El Mundo, lo fundamental era llegar a la verdad y destapar casos, revelar lo inaccesible. Lo de escribir podía hacerse más o menos bien, y bastaba.
¿Y qué pienso yo después de no concluir en nada y escribir una decena de párrafos?
Que si pudiera, reuniría ahora a los dos en uno de esos "bloggingheads". Pero para eso ya estaba Platón y ahora el New York Times. Y yo me voy a dormir, que pensar tanto sólo consigue quitarme horas de sueño y agudizar los síntomas de hígado perforado por los litros de café que ingiero al día siguiente. Bona nit.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Los e-mails de mi madre
Hoy miraba la fecha una y otra vez. 22 de septiembre. La veía en el editor de Efe, la leía en las noticias, se repetía en mi cabeza y me preguntaba intrigada qué pasa, algo se me escapa, es un día especial, no me acuerdo... Y entonces he leído el e-mail de mi madre.
Hija, sólo faltan tres meses. Estoy pensando en el menú de Nochebuena.
Efectivamente me queda un trimestre exacto para subir a un vuelo destino El Altet (Elche) y deslumbrarme de nuevo con los colores de casa. Siempre el recuerdo confunde los tonos de tu país durante los primeros instantes que lo pisas, cuando aún te sientes adormecida, como en trance.
Hace dos años ya me pasó cuando dejé el aeropuerto de Dallas y caí de repente en el coche nuevo de mis padres que se habían hecho modernos y escuchaban Shakira. Se peleaban por dominar el Compact Disc mientras yo devoraba el bocadillo de queso con tomate que mi madre me había preparado. Por supuesto, el agua, una servilleta y un plátano estaban en la misma bolsa porque mi madre siempre piensa todo. Estaba en casa.
Mi madre además avanza con la tecnología y me deja siempre a cuadros. En menos de un mes domina el Skype con webcam incluida. Ha aprendido a investigar en Google y me envía ella misma mis noticias antes incluso de que yo compruebe si se han publicado. No para de preguntarme qué es Facebook y sigo sin explicárselo, pero sabe dónde dejé un comentario en una noticia. Yo le digo que no es mío, pero ella sabe que sí. Es como tú hablas, me contradice.
Y ahora me dice que sólo faltan tres meses, como me diría cuando me faltan dos horas para que se me escape un tren o para recordarme que mire la cuenta del banco o para gritarme que "el quemenjar se gela" cuando la comida está en la mesa.
A veces, con tanto e-mail maternal, parece que estoy casi como en casa.
Hija, sólo faltan tres meses. Estoy pensando en el menú de Nochebuena.
Efectivamente me queda un trimestre exacto para subir a un vuelo destino El Altet (Elche) y deslumbrarme de nuevo con los colores de casa. Siempre el recuerdo confunde los tonos de tu país durante los primeros instantes que lo pisas, cuando aún te sientes adormecida, como en trance.
Hace dos años ya me pasó cuando dejé el aeropuerto de Dallas y caí de repente en el coche nuevo de mis padres que se habían hecho modernos y escuchaban Shakira. Se peleaban por dominar el Compact Disc mientras yo devoraba el bocadillo de queso con tomate que mi madre me había preparado. Por supuesto, el agua, una servilleta y un plátano estaban en la misma bolsa porque mi madre siempre piensa todo. Estaba en casa.
Mi madre además avanza con la tecnología y me deja siempre a cuadros. En menos de un mes domina el Skype con webcam incluida. Ha aprendido a investigar en Google y me envía ella misma mis noticias antes incluso de que yo compruebe si se han publicado. No para de preguntarme qué es Facebook y sigo sin explicárselo, pero sabe dónde dejé un comentario en una noticia. Yo le digo que no es mío, pero ella sabe que sí. Es como tú hablas, me contradice.
Y ahora me dice que sólo faltan tres meses, como me diría cuando me faltan dos horas para que se me escape un tren o para recordarme que mire la cuenta del banco o para gritarme que "el quemenjar se gela" cuando la comida está en la mesa.
A veces, con tanto e-mail maternal, parece que estoy casi como en casa.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Bill Clinton
Debo confesar que no sabía quién era Bill Clinton hasta que vi esta entrevista sin editar en la que el presentador Jon Stewart ("The Daily Show") pierde el control de la conversación y se rinde ante un alegato poderosamente argumentado sobre los problemas de la economía estadounidense y cómo salir de la crisis.
Resulta inevitable apuntar que en 1992 un cartel en la oficina central de su campaña electoral sintetizó su mensaje, fue el estandarte de la victoria contra Bush padre y pasó a la historia de la política estadounidense, "Es la economía, estúpido".
Y no en vano.
A sus 64 años, Clinton se obliga al menos una hora al día a estudiar la economía, según confesó, y puede citar, relacionar y explicar cifras económicas como si hablara de fútbol con una agudeza tan convincente como extraordinaria.
Después de exponer qué es lo que el Gobierno de Barack Obama tiene que hacer para salir de la crisis y cómo su partido puede ganar las próximas elecciones legislativas, Stewart se queda en blanco y suelta la pregunta que todos los espectadores tienen en mente.
¿Por qué no escucho nada de eso de nadie excepto de ti?
Y Clinton responde: "He estado haciendo esto durante mucho tiempo".
Y no sólo sobre economía. Otra entrevista en la que Clinton devora, argumentativamente hablando, al presentador cuando le pregunta sobre la responsabilidad de su gobierno por no matar a Bin Laden.
Resulta inevitable apuntar que en 1992 un cartel en la oficina central de su campaña electoral sintetizó su mensaje, fue el estandarte de la victoria contra Bush padre y pasó a la historia de la política estadounidense, "Es la economía, estúpido".
Y no en vano.
A sus 64 años, Clinton se obliga al menos una hora al día a estudiar la economía, según confesó, y puede citar, relacionar y explicar cifras económicas como si hablara de fútbol con una agudeza tan convincente como extraordinaria.
Después de exponer qué es lo que el Gobierno de Barack Obama tiene que hacer para salir de la crisis y cómo su partido puede ganar las próximas elecciones legislativas, Stewart se queda en blanco y suelta la pregunta que todos los espectadores tienen en mente.
¿Por qué no escucho nada de eso de nadie excepto de ti?
Y Clinton responde: "He estado haciendo esto durante mucho tiempo".
| The Daily Show With Jon Stewart | Mon - Thurs 11p / 10c | |||
| Exclusive - Bill Clinton Extended Interview Pt. 2 | ||||
| www.thedailyshow.com | ||||
| ||||
Y no sólo sobre economía. Otra entrevista en la que Clinton devora, argumentativamente hablando, al presentador cuando le pregunta sobre la responsabilidad de su gobierno por no matar a Bin Laden.
martes, 14 de septiembre de 2010
Mi vecino y D.C.
Esta noche volvía a casa cansada de un día aburrido y me he encontrado a mi vecino en la puerta con un cártel con luces amarillas y coreando consignas a favor del candidato demócrata a la alcaldía de Washington, Vincent Gray. Faltaba media hora para cerrar las urnas.
El favorito de mi vecino podría hoy ganar las primarias y dejar fuera de las elecciones al actual alcalde demócrata, Adrian Fenty. Para un estadounidense de fuera de Washington, esta sería una gran sorpresa. En menos de una década esta ciudad ha vivido una de las transformaciones más radicales de su historia en cuanto a revitalización de barrios y reducción de la delincuencia en la que fue en su día la capital del crimen de EEUU. Y en parte el "artífice" del cambio está a punto de perder.
Es difícil entenderlo, pero si conoces a mi vecino y su historia, no lo es tanto.
Vivo en una calle de poco más de 20 casas en cada acera. En el centro y al lado de mi casita blanca, está la suya, donde vive su familia afroamericana de pocos recursos, la única que queda de ese estrato social.
En tardes con buen tiempo, suele sentarse fuera en una silla a escuchar Beyoncé. Sus nietos juegan al baloncesto mientras su biznieta -hija de su nieta de 16 años- corre descalza y con pañales como una campeona. En la puerta del hogar, donde también vive la abuela y una tía, cuelga con orgullo la fotografía de la familia Obama. La madre de los nietos ha vuelto esta semana por enésima vez a la cárcel, según me han contado hoy los niños.
Mi vecino también se precia de ser el "alcalde del barrio" desde hace 30 años, sobre todo las noches que se ha pasado con el güisqui. Hay que precisar que mi corta calle está en el borde de dos barrios. Hacia el oeste, está Shaw, un tradicional distrito afroamericano donde se encuentra la Universidad Howard, mítica por su activismo -de allí salieron los abogados que acabaron con la segregación escolar en un caso histórico que llegó al Tribunal Supremo. Pero también son calles en proceso de "gentrification" (aburguesamiento) o, en otras palabras, "saliendo del gueto". De vez en cuando escuchamos disparos de pandillas.
En cambio, si miras al este, las grúas levantan nuevos edificios de estilo europeo que chocan con la victoriana arquitectura washingtoniana. A dos calles, de camino al centro, te topas con supermercados como Safeway, con tomates a cinco dólares.
Como "alcalde", mi vecino ha presenciado todos esos cambios, ha visto cómo ese otro mundo más urbanita, de universitarios de Georgetown o profesionales progresistas -la mayoría de ellos blancos- es hoy su vecino y él se ha quedado en medio. Por supuesto, no pierde ocasión para invitarles a sus barbacoas de "marisco de 300 dólares", según me explica orgulloso, aunque el otro día un vecino que paseaba a su perro Víctor se me quejaba de que le pedía 30 dólares. Más allá de asuntos monetarios, hay poca disputa. Lo único que le molesta a mi vecino es que llamen a la policía cuando pone a su Beyoncé.
Experiencias así las hay de mi vecino y muchos. Han visto cómo su barrio ha mejorado en muchos aspectos. Las escuelas a las que van sus nietos son mejores a las que fueron sus hijos que hoy están en la cárcel. La violencia callejera ha disminuido notablemente y con ella las drogas y esos círculos oscuros. Al mismo tiempo, los alquileres y el coste de vida se han desorbitado, y cada par de meses el metro sorprende con una subida de precio a sus clientes.
Desde los noventa, el principal conductor de la transformación ha sido el aburguesamiento de los barrios, que atrae al EEUU que vivía en casas con jardines hacia una ciudad cada vez más cómoda, más segura y con más servicios. No obstante, en Washington, con una identidad y mayoría negra, esa llegada de blancos más ricos incomoda a afroamericanos. De haber sido un 60 por ciento de la población, los negros podrían ser menos de la mitad en los próximos años por primera vez desde los cincuenta.
Prácticamente todo es producto de una generación de políticos que tomó las riendas de este curioso "no estado" y capital de la democracia. Un amigo ha venido a trabajar en el ayuntamiento de Fenty desde Chicago -otro lugar en transformación- atraído por tan interesante momento. Dice que Washington es un experimento que observan el resto de ciudades estadounidenses que se inclinan hacia esa misma senda, la de un fuerte activismo cívico e intervencionismo municipal. Por descontado, esto es algo inusitado en este país.
La clave de esos cambios es a costa de qué y cómo se producen, y en ese espacio de debate se ha colado Gray. El alcalde, que no esperaba un enemigo de su propia ala demócrata, ha llegado tarde y a contra pie. Reclamos sobre la distribución de la riqueza y el desarrollo urbanístico entran en juego, pero la cuestión identitaria es esta vez la decisiva. Como ejemplo, mi vecino que, a pesar de no tener muy claro por qué, se plantó con su cártel de vota Gray con luces hasta la hora del cierre de las urnas.
Ahora sólo queda esperar los resultados de ese empeño y de una campaña de pocos recursos y mucho activismo, como suele ocurrir en los comicios más interesantes de este país. El veredicto está al caer.
P.D. Curioso resultado. Gray ganó efectivamente, pero ahora muchos washingtonianos se han organizado en una plataforma ("Run, Fenty, Run", en Facebook) para que se presente como republicano ya que la nominación al Partido Demócrata la perdió. Para entender el desafío de tal cosa, hay que saber antes que Washington D.C. es de los distrito/estado que en más porcentaje vota a demócratas, con mayorías por encima del 80 por ciento.
El favorito de mi vecino podría hoy ganar las primarias y dejar fuera de las elecciones al actual alcalde demócrata, Adrian Fenty. Para un estadounidense de fuera de Washington, esta sería una gran sorpresa. En menos de una década esta ciudad ha vivido una de las transformaciones más radicales de su historia en cuanto a revitalización de barrios y reducción de la delincuencia en la que fue en su día la capital del crimen de EEUU. Y en parte el "artífice" del cambio está a punto de perder.
Es difícil entenderlo, pero si conoces a mi vecino y su historia, no lo es tanto.
Vivo en una calle de poco más de 20 casas en cada acera. En el centro y al lado de mi casita blanca, está la suya, donde vive su familia afroamericana de pocos recursos, la única que queda de ese estrato social.
En tardes con buen tiempo, suele sentarse fuera en una silla a escuchar Beyoncé. Sus nietos juegan al baloncesto mientras su biznieta -hija de su nieta de 16 años- corre descalza y con pañales como una campeona. En la puerta del hogar, donde también vive la abuela y una tía, cuelga con orgullo la fotografía de la familia Obama. La madre de los nietos ha vuelto esta semana por enésima vez a la cárcel, según me han contado hoy los niños.
Mi vecino también se precia de ser el "alcalde del barrio" desde hace 30 años, sobre todo las noches que se ha pasado con el güisqui. Hay que precisar que mi corta calle está en el borde de dos barrios. Hacia el oeste, está Shaw, un tradicional distrito afroamericano donde se encuentra la Universidad Howard, mítica por su activismo -de allí salieron los abogados que acabaron con la segregación escolar en un caso histórico que llegó al Tribunal Supremo. Pero también son calles en proceso de "gentrification" (aburguesamiento) o, en otras palabras, "saliendo del gueto". De vez en cuando escuchamos disparos de pandillas.
En cambio, si miras al este, las grúas levantan nuevos edificios de estilo europeo que chocan con la victoriana arquitectura washingtoniana. A dos calles, de camino al centro, te topas con supermercados como Safeway, con tomates a cinco dólares.
Como "alcalde", mi vecino ha presenciado todos esos cambios, ha visto cómo ese otro mundo más urbanita, de universitarios de Georgetown o profesionales progresistas -la mayoría de ellos blancos- es hoy su vecino y él se ha quedado en medio. Por supuesto, no pierde ocasión para invitarles a sus barbacoas de "marisco de 300 dólares", según me explica orgulloso, aunque el otro día un vecino que paseaba a su perro Víctor se me quejaba de que le pedía 30 dólares. Más allá de asuntos monetarios, hay poca disputa. Lo único que le molesta a mi vecino es que llamen a la policía cuando pone a su Beyoncé.
Experiencias así las hay de mi vecino y muchos. Han visto cómo su barrio ha mejorado en muchos aspectos. Las escuelas a las que van sus nietos son mejores a las que fueron sus hijos que hoy están en la cárcel. La violencia callejera ha disminuido notablemente y con ella las drogas y esos círculos oscuros. Al mismo tiempo, los alquileres y el coste de vida se han desorbitado, y cada par de meses el metro sorprende con una subida de precio a sus clientes.
Desde los noventa, el principal conductor de la transformación ha sido el aburguesamiento de los barrios, que atrae al EEUU que vivía en casas con jardines hacia una ciudad cada vez más cómoda, más segura y con más servicios. No obstante, en Washington, con una identidad y mayoría negra, esa llegada de blancos más ricos incomoda a afroamericanos. De haber sido un 60 por ciento de la población, los negros podrían ser menos de la mitad en los próximos años por primera vez desde los cincuenta.
Prácticamente todo es producto de una generación de políticos que tomó las riendas de este curioso "no estado" y capital de la democracia. Un amigo ha venido a trabajar en el ayuntamiento de Fenty desde Chicago -otro lugar en transformación- atraído por tan interesante momento. Dice que Washington es un experimento que observan el resto de ciudades estadounidenses que se inclinan hacia esa misma senda, la de un fuerte activismo cívico e intervencionismo municipal. Por descontado, esto es algo inusitado en este país.
La clave de esos cambios es a costa de qué y cómo se producen, y en ese espacio de debate se ha colado Gray. El alcalde, que no esperaba un enemigo de su propia ala demócrata, ha llegado tarde y a contra pie. Reclamos sobre la distribución de la riqueza y el desarrollo urbanístico entran en juego, pero la cuestión identitaria es esta vez la decisiva. Como ejemplo, mi vecino que, a pesar de no tener muy claro por qué, se plantó con su cártel de vota Gray con luces hasta la hora del cierre de las urnas.
Ahora sólo queda esperar los resultados de ese empeño y de una campaña de pocos recursos y mucho activismo, como suele ocurrir en los comicios más interesantes de este país. El veredicto está al caer.
P.D. Curioso resultado. Gray ganó efectivamente, pero ahora muchos washingtonianos se han organizado en una plataforma ("Run, Fenty, Run", en Facebook) para que se presente como republicano ya que la nominación al Partido Demócrata la perdió. Para entender el desafío de tal cosa, hay que saber antes que Washington D.C. es de los distrito/estado que en más porcentaje vota a demócratas, con mayorías por encima del 80 por ciento.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
martes, 31 de agosto de 2010
Colbert, el antídoto
Hay un hombre que todos deberíais conocer. Se llama Stephen Colbert y tiene un programa en el que lo da todo. Esta semana viene a cuento por varias razones.
Su personaje televisivo está construido a imagen de egocéntricos presentadores de televisión de la derecha estadounidense, como Billy O'Reilly o el ahora ya demasiadas veces citado Glenn Beck. Su definición más cercana sería la de "monstruos mediáticos que acaparan la pantalla con su verborrea hiperbólica y machacante hasta devorar el último resquicio de espíritu crítico y racional de su público". (No aceptada por la RAE todavía).
El personaje de Colbert encaja en esa categoría hasta tal punto que hay veces que te lo crees y aterroriza tanto como te hace reír por lo ridículo y extremo de su lógica conservadora. Su dominio de la retórica republicana y la capacidad de acertar con las falacias más extravagantes me llevó a pasar una noche entera discutiendo con estadounidenses que pensaban que él era derechas. Por supuesto no habían visto suficiente su programa o habían perdido el don humano de la sátira. Sea como sea, gracias a aquella conversación me topé con la pieza maestra de su carrera mientras buscaba en Internet algún dato que dejara claro sus credenciales políticos.
Y esa es la segunda razón por la que este post viene a cuento.
Antes de entrar a ella, hay que viajar al EEUU de los tiempos de George W. Bush. Hoy no es difícil. Barack Obama le recordó a su predecesor que hay que "pasar página" en su declaración de "fin de combate en Iraq" después de siete años y medio.
En poco menos de tres años, aquel país sufrió el desconcertante y traumático 11-S, aterrizó en el laberinto sin salida de Afganistán y emprendió una tortuosa carrera hacia Bagdad, que fulminó la credibilidad de los colores estadounidenses en el mundo.
Para llegar hasta allí, EEUU tuvo que atropellar muchos principios antes, sobre todo políticos -falsas armas de destrucción masiva- y periodísticos, como la reverencia mediática a un Gobierno "en la guerra contra el terror".
Y ahí es cuando llega Colbert en una noche especial.
La cena de la Asociación de Corresponsales, que tiene como invitado especial al presidente del EEUU, es un acontecimiento anual que reúne a lo más selecto de Washington. Las corbatas se ajustan bien y el champán corre por las copas del poder. Para animar la velada, cada año se invita a un cómico reconocido y el humor intenta atemperar una sala políticamente caliente y fácilmente excitable.
En 2006, el ambiente estaba cargado. O al menos en la calle. Basta mencionar que EEUU estaba a tres años de Iraq y a pocos meses de Katrina. Colbert fue elegido el cómico de la noche. Los asesores de la Casa Blanca confesaron más tarde que quien lo eligió no había visto demasiado sus programas -- como mis amigos estadounidenses. Por supuesto, el implacable presentador puso todas las cartas sobre la mesa y dejó al invitado de honor y a la audiencia (periodistas) muertos, pero no de la risa.
I stand by this man. I stand by this man because he stands for things. Not only for things, he stands on things. Things like aircraft carriers and rubble and recently flooded city squares. And that sends a strong message, that no matter what happens to America, she will always rebound—with the most powerfully staged photo ops in the world
El principio ya acorraló a Bush que, a poco menos de dos metros, lo miraba y escuchaba sin saber qué cara poner porque sabía lo que se le venía encima. Su exposición, de la que tampoco los periodistas quedaron bien parados y de la que sospechosamente poco se informó al día siguiente, fue un manifiesto contra la demagogia política.
Pero no una demagogia cualquiera. Se trata de algo más sofisticado. En vocabulario de Colbert, "truthiness", una verdad que una persona clama saber intuitivamente "desde los intestinos" sin importar las pruebas, la evidencia, la lógica o la reflexión intelectual. O "all fact, no heart (todo hechos, sin corazón)", otra frase recurrente del intérprete para denunciar en su papel el enemigo intelectual izquierdista y los libros.
Bush fue uno de los mayores beneficiarios de aquella exitosa política basada en esa amalgama retórica de reverencias al espíritu americano, héroes, patriotismo desmedido, fe, Dios y sentimiento puro y duro, y guerra contra el terror que caracterizó tanto a sus discursos poco "argumentados" y en general a su persona.
Casi una década después de aquella era Bush, aquellos vientos se van y vuelven una y otra vez y mientras las urnas se acercan Colbert sigue siendo su mejor antídoto.
Como prueba, pinchen en este vídeo sobre Beck.
Su personaje televisivo está construido a imagen de egocéntricos presentadores de televisión de la derecha estadounidense, como Billy O'Reilly o el ahora ya demasiadas veces citado Glenn Beck. Su definición más cercana sería la de "monstruos mediáticos que acaparan la pantalla con su verborrea hiperbólica y machacante hasta devorar el último resquicio de espíritu crítico y racional de su público". (No aceptada por la RAE todavía).
El personaje de Colbert encaja en esa categoría hasta tal punto que hay veces que te lo crees y aterroriza tanto como te hace reír por lo ridículo y extremo de su lógica conservadora. Su dominio de la retórica republicana y la capacidad de acertar con las falacias más extravagantes me llevó a pasar una noche entera discutiendo con estadounidenses que pensaban que él era derechas. Por supuesto no habían visto suficiente su programa o habían perdido el don humano de la sátira. Sea como sea, gracias a aquella conversación me topé con la pieza maestra de su carrera mientras buscaba en Internet algún dato que dejara claro sus credenciales políticos.
Y esa es la segunda razón por la que este post viene a cuento.
Antes de entrar a ella, hay que viajar al EEUU de los tiempos de George W. Bush. Hoy no es difícil. Barack Obama le recordó a su predecesor que hay que "pasar página" en su declaración de "fin de combate en Iraq" después de siete años y medio.
En poco menos de tres años, aquel país sufrió el desconcertante y traumático 11-S, aterrizó en el laberinto sin salida de Afganistán y emprendió una tortuosa carrera hacia Bagdad, que fulminó la credibilidad de los colores estadounidenses en el mundo.
Para llegar hasta allí, EEUU tuvo que atropellar muchos principios antes, sobre todo políticos -falsas armas de destrucción masiva- y periodísticos, como la reverencia mediática a un Gobierno "en la guerra contra el terror".
Y ahí es cuando llega Colbert en una noche especial.
La cena de la Asociación de Corresponsales, que tiene como invitado especial al presidente del EEUU, es un acontecimiento anual que reúne a lo más selecto de Washington. Las corbatas se ajustan bien y el champán corre por las copas del poder. Para animar la velada, cada año se invita a un cómico reconocido y el humor intenta atemperar una sala políticamente caliente y fácilmente excitable.
En 2006, el ambiente estaba cargado. O al menos en la calle. Basta mencionar que EEUU estaba a tres años de Iraq y a pocos meses de Katrina. Colbert fue elegido el cómico de la noche. Los asesores de la Casa Blanca confesaron más tarde que quien lo eligió no había visto demasiado sus programas -- como mis amigos estadounidenses. Por supuesto, el implacable presentador puso todas las cartas sobre la mesa y dejó al invitado de honor y a la audiencia (periodistas) muertos, pero no de la risa.
I stand by this man. I stand by this man because he stands for things. Not only for things, he stands on things. Things like aircraft carriers and rubble and recently flooded city squares. And that sends a strong message, that no matter what happens to America, she will always rebound—with the most powerfully staged photo ops in the world
El principio ya acorraló a Bush que, a poco menos de dos metros, lo miraba y escuchaba sin saber qué cara poner porque sabía lo que se le venía encima. Su exposición, de la que tampoco los periodistas quedaron bien parados y de la que sospechosamente poco se informó al día siguiente, fue un manifiesto contra la demagogia política.
Pero no una demagogia cualquiera. Se trata de algo más sofisticado. En vocabulario de Colbert, "truthiness", una verdad que una persona clama saber intuitivamente "desde los intestinos" sin importar las pruebas, la evidencia, la lógica o la reflexión intelectual. O "all fact, no heart (todo hechos, sin corazón)", otra frase recurrente del intérprete para denunciar en su papel el enemigo intelectual izquierdista y los libros.
Bush fue uno de los mayores beneficiarios de aquella exitosa política basada en esa amalgama retórica de reverencias al espíritu americano, héroes, patriotismo desmedido, fe, Dios y sentimiento puro y duro, y guerra contra el terror que caracterizó tanto a sus discursos poco "argumentados" y en general a su persona.
Casi una década después de aquella era Bush, aquellos vientos se van y vuelven una y otra vez y mientras las urnas se acercan Colbert sigue siendo su mejor antídoto.
Como prueba, pinchen en este vídeo sobre Beck.
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